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En un día duro, hace unos meses, un periodista me preguntó si continuaría militando en el PP. Mi respuesta fue: “seguiré apoyando el proyecto que lidera el President Camps”. Y esa sigue siendo mi decisión. Francisco Camps es hoy más honorable que nunca, y el mejor President de la Generalitat de la historia.

Siempre he estado con él, siempre he creido en él; como los millones de valencianos que le votamos en mayo. Nunca hemos dejado de apoyar al President Camps. Hoy es momento de ratificarme en todo lo que en los últimos años y meses he dicho, en prensa, en televisión y en este blog y en las redes sociales.

Los valencianos estamos con Paco, con Isabel, con Fran y con el resto de su familia; estamos con Ricardo y con Laura; y con todos los que les han acompañado en los días seguramente más dificiles de su vida. Desde aquí un reconocimiento muy especial para Luchy, para Mercedes, para Rosa, para Mamen, para José Manuel, para Juan, para Leti, para Dani, para Ángel, para Antonio, Víctor, para las decenas de valencianos anónimos que no han dejado solo ni un solo día a nuestro President, en sus días más dificiles. En los días de grandeza y grandes discursos, era muy fácil estar.

La verdad siempre llega. El tiempo pone a todo el mundo en su lugar. Gracias, de nuevo, a todos los que siempre habeis creido en el President Camps, y a los que nos habeis echado una mano cuando era tan dificil defenderle, por tener en contra a extraños, y a propios.

Agónica. Así es como puede parecer la situación del espacio rural en una provincia, la de Valencia, que ha visto disminuir el suelo destinado a usos agrícolas, desde las ya muy menguadas 920.000 hectáreas de 1962, hasta las poco más de 435.000 de 2009 –según datos del organismo público de referencia estadística en España, el INE-. Esa puede ser la percepción cifras en mano, y también, con los pies en el territorio. En el caso particular de la huerta del Área Metropolitana de Valencia, quizás una de las zonas agrícolas de mayor valor ecológico y paisajístico de España hasta no hace demasiado; el crecimiento de la población –que en la urbe ronda los 800.000 habitantes, pero en su Área Metropolitana, según la definición que tomemos, se encuentra entre los 1,5 y los 2 millones-, el incremento de la urbanización y la aparición de modelos de urbanización extensiva del territorio –como los que aparecen sobre todo en el sector delimitado por el Rio Turia y el Barranco del Carraixet, a ambos lados de la autovía que surgiría después para darles servicio, y que tiene la nomenclatura CV-35, como una de las vías de ámbito autonómico; siendo, por cierto, uno de los mayores espacios de urbanización extensiva y una de las autovías más transitadas de la Comunitat, respectivamente-, así como, dicho sea de paso, el incremento del valor del suelo –que le ha llegado a dar más rentabilidad como activo en el negocio inmobiliario que la que desde el punto de vista agrícola podría tener durante décadas- y el abandono progresivo de la agricultura por las nuevas generaciones, han consolidado esa disminución, progresiva pero rápida, de las tierras destinadas al cultivo, y con ellas, de parte las tradiciones y costumbres de la huerta valenciana y su paisaje.

Esos nuevos usos del suelo, sean residenciales –los de menor afección visual, sin duda-, o bien comerciales o industriales, o incluso el florecimiento de nuevas infraestructuras para dar servicio, no solo a la población creciente, sino también a la cada vez mayor demanda de transporte por las actividades económicas vinculadas al comercio, a la industria y al turismo (con especial incidencia en nuestro territorio de las actividades logísticas propias de la presencia del mayor puerto comercial del mar Mediterráneo, según datos de su propia entidad gestora, la Autoridad Portuaria de Valencia), no solo han ocupado el territorio y han sustituido a la huerta, sino que también alteran el paisaje de la huerta todavía existente, a veces de forma irreversible. Algunos dicen que es ‘el precio que necesariamente se ha de pagar por progresar’, a la vez que defienden –no sin parte de razón-, que la huerta, es al fin y al cabo, una ‘industria verde’, un paisaje agradable; pero que la agricultura tiene como única razón de ser la rentabilidad, como cualquier otra actividad económica, y que, cuando falla la rentabilidad es razonable “cambiar de negocio”. Otros, en cambio, hablan de aberración en el devenir del territorio valenciano en las últimas décadas, y llaman despavoridamente a la protección de la huerta –algo sumamente razonable-, mientras que realizan una defensa a ultranza del paisaje típicamente valenciano de la huerta, y llaman a la suspensión de cualquier proyecto urbanizador o de infraestructuras que afecte a los espacios agrícolas.

En esto, como en tantas cosas, quizás en el punto medio se halle la virtud. Algunos políticos –desmarcándose incluso de sus propios partidos, a uno y otro lado del espectro ideológico- y también muchas otras personas, expertas en la gestión del territorio o sencillamente conocedoras del mismo, han planteado muchas posibilidades para la conjugación del crecimiento y la sostenibilidad. El modelo que triunfe será aquel que pueda hacer fluir en una misma dirección los intereses de los propietarios de la tierra y los agricultores, la actividad industrial y comercial y dos derechos que han de ser fundamentales de la ciudadanía valenciana: el derecho a disfrutar de un paisaje, que aunque ciertamente está alterado por el hombre desde hace miles de años es de un valor ecológico amplísimo, y de las tradiciones y costumbres que le vienen aparejadas, con el derecho –no menos importante- a contar con unas infraestructuras y unos servicios que permitan a su vez desarrollar económicamente nuestro territorio y generar empleo, riqueza y prosperidad.

El campo para el debate es amplísimo, y la solución compleja; pero atendiendo a lo que hasta ahora se ha dicho, en uno y en otro sentido, parece que pasa por un cambio de visión en lo que al desarrollo económico y a la ocupación del territorio se refiere. Nuevos modelos a los que habrá que dar la bienvenida, para poderlos conjugar y sumar a los ya existentes; como pueda ser evitar el abandono de las construcciones tradicionales de la huerta, aportándoles valor añadido para el establecimiento en ellas de viviendas, empresas, e instalaciones de restauración, comercio y hoteleras; pasando ese valor añadido, sin duda alguna, por un mayor esfuerzo en adecuación de caminos rurales, en la limpieza de las zonas de huerta y la desaparición de vertederos ilegales, en un tratamiento más eficiente de las aguas residuales, una regulación más clara sobre los olores y el empleo de productos químicos en los cultivos cercanos a zonas pobladas, una preocupación mucho mayor por la conservación de un paisaje de calidad, y la seguridad jurídica de los propietarios de estas construcciones rurales, en lo que respecta a la posibilidad de verse ‘atropellados’ por la construcciones de infraestructuras o servicios, que puedan darse en estos espacios aprovechando lo diseminado de sus construcciones, y evitando por tanto, perjudicar a los núcleos urbanos.

La sostenibilidad de las zonas rurales del Área Metropolitana de Valencia, pasa, a mi entender, porque aquellos que defienden su continuidad asuman que la única forma que existe para que no se vean engullidas por la urbe pasa por su adaptación y su incorporación a los modelos de vida urbanos –insisto, siempre desde el respeto al territorio, al paisaje y a los usos tradicionales-, y los defensores de ese modelo de urbanización a veces definido como “caníbal”, asuman la necesidad de proteger unos espacios que son únicos, son ambientalmente muy valiosos y paisajísticamente maravillosos, y que han contribuido a forjar en buena medida la identidad del pueblo valenciano, y que, estos espacios sean incorporados, respetuosamente, a la vida de la ciudad. La ciudad de Valencia debe, en mi opinión, abrirse a la huerta para poder fundirse en ella, no engulléndola sino incorporándola, como un elemento más –quizás el más valioso- de su rico patrimonio.

Víctor Soriano i Piqueras

Emprendedor, estudiante y exlíder universitario. Estudiante de Geografía y Medio Ambiente y Ciencias Políticas y de la Administración Pública. Posgrado universitario en Marketing y Comunicación Institucional, en Dirección y Análisis Político y en Formación de Portavoces.

“Decir siempre la verdad es un calvario, aunque también la única manera de hacer frente a esos mismos que tanto desearían nuestro silencio”, Jaime Mayor Oreja.

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